PESADILLA.
Gritó.
Gritó, gritó
y gritó.
Pero fuera
de esas paredes no había nadie que pudiera salvarla.
Sin embargo,
no se rindió, siguió luchando dando puñetazos contra la puerta por si alguien
conseguía oírla.
De pronto
las cuatro paredes que la rodeaban se convirtieron en espejos. Enormes espejos
que reflejaban por todas partes su silueta. Se miraba y no se reconocía.
No, esa no era ella.
En lugar de
su pelo rubio ceniza, lo que caía desde su cabeza era una enorme masa de pelo
gris oscuro que le tapaba gran parte de la cara, la cual no podía distinguir.
Los espejos
empezaron a moverse, se iban juntando lentamente hacia el centro. Iban a
aplastarla.
Cuando
estuvieron lo bastante cerca de ella, vio con claridad su aspecto. Estaba
completamente pálida, con un color azulado y un sinfín de arrugas que le
recorrían todo el rostro. Sus ojos profundamente negros proporcionaban una
mirada de malicia y perspicacia.
Ella,
aterrorizada y paralizada delante de aquella imagen perturbadora, observó cómo
la figura del espejo la señalaba con un dedo raquítico y se reía a carcajadas, dejando ver una boca desprovista de dientes.
Empezó a
llorar desesperada y a dar puñetazos y patadas contra los espejos. No sabía
qué más hacer. Creía que rompiéndolos podría salir de ahí. Pero no obtuvo
resultados. Cada vez el espacio se hacía más y más pequeño, apretándola contra
ellos, hasta que ya no quedaba espacio para respirar.
Se despertó sudando en mitad de la noche. Su respiración se
entrecortaba y los latidos de su corazón iban más rápido de lo normal. Se quedó
mirando al frente, esperando que se le pasase el susto, una vez que sus
pulsaciones volvieron a la normalidad, acercó su mano a la pequeña mesa que se
encontraba al lado de su cama y cogió el despertador. Marcaba las 3:10 de la
madrugada. Tenía que levantarse pronto ese día y sabía que no conseguiría volver
a quedarse dormida. Estiró de nuevo el brazo para dejar el despertador en su
sitio y encendió la luz de la lámpara que yacía sobre la mesilla. Eso fue lo
peor que pudo haber hecho esa noche.
Cuando la poca luz de la lámpara iluminó a duras penas la
habitación, su cuerpo se paralizó y su boca, rápidamente, se abrió, desencajada
por la situación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario